Silvia Rivas divorciada, Soltera y sin compromiso, Natalia de 8 a 9, Gómez I, Gó- mez II yChao Cristina son seis títulos que me aproximaron al escritor, al hombre, al amigo, al maestro, en definitiva a un venezolano irrepetible. En ese entonces compartía mis estudios de castellano, literatura y latín en el Instituto Pedagógico de Caracas con mi pasión por el teatro. Incursioné en las tablas con representaciones teatrales de la mano de José Simón Escalona, Ibrahim Guerra, Ugo Ulive y el polémico Carlos Giménez, como actriz de su transgresor grupo Rajatabla.
Pero nunca con Cabrujas. De él era sólo una fanática admiradora y asidua espectadora. Pero un día llegó a las manos de Román Chalbaud un relato que hice inspirado en todos mis años de docencia y se lo entregó a Cabrujas.
Él lo transformó en el filme El rebaño de los ángeles. Finalmente, surgió el milagro: pasé a formar parte del equipo de escritores de RCTV.
Introdujo así Cabrujas la primera transformación en el "subgénero" de las telenovelas, como lo llamaban los intelectuales recalcitrantes.
Ya no era el trabajo agobiante de una sola persona, sino el de un equipo. Y durante siete años fui tripulante de la nave cabrujiana junto con Julio César Mármol, Fausto Verdial e Ibsen Martínez.
Y juntos dimos el paso de la novela cultural a las historias cotidianas del venezolano de a pie, con sus aciertos y sus miserias, pinceladas de realidad y política. Nadie era absolutamente bueno ni absolutamente malo. Surgieron los finales abiertos y el ha- ppy ending dejó de ser una obligatoriedad. La telenovela se transformó y en más de una ocasión el maestro tuvo que entrar escoltado a las instalaciones del canal, para ser defendido de los ataques de maridos cuyas esposas ahora los enfrentaban como una Pilar de Cárdenas o como una Natalia.
Definitivamente, Cabrujas hizo un aporte maravilloso de realidad que convertía la pantalla chica en un espejo de nosotros mismos. Hasta los signos de puntuación que venían de la escuela folletinesca de frases enrevesadas pasaron a cumplir otra función que guiaría a los actores formados en ella a expresarse con esa manera entrecortada, a veces reiterativa, preñadas de símiles y humor tan característica del venezolano, sin perder profundidad, poesía y dramatismo.
Fue mucho lo que aportó a la telenovela el maestro. El profesor Manuel Bermúdez lo definió como estilo. En uno de sus estudios como semiólogo la bautizó como "la telenovela de ruptura".
El 17 de julio Cabrujas hubiera cumplido 75 años, pero se murió un 21 de octubre dejándonos un legado perenne y la imagen de su pelo rizado y su risa silenciosa. Y es que para quienes lo tuvimos cerca aún sigue vivo, pues sólo mueren "aquellas personas que dejamos de amar".
Las claves, por Yoyiana Ahumada Licea
La plaza: el espacio de la simulación. Desde la ausencia de las esquinas Poleo a Buena Vista 11B y la hibridación entre los imaginarios de la Catia popular y el colegio San Ignacio de Loyola, Cabrujas configura tres obsesiones que lo acompañarán a lo largo de su obra y vida. La provisionalidad, el escombro y el disimulo constituirán un ejercicio incansable del ensayo a mano alzada en un cuerpo de ideas que hacen más compleja la comprensión de la venezolanidad.
El ágora Pérez Bonalde se figura como primer escenario para la simulación y la grandilocuencia sustituye la realidad. "La plaza era el lugar donde fingíamos (...)", dijo a Milagros Socorro en Catia tres voces (1993).
La escena: el país.
Desde la agrupación del Teatro Universitario establece el lenguaje como la verdadera revolución del teatro. La historia lo obsesiona.
De espaldas a ella erigimos mitos que distancian y extravían.
Desmonta la configuración del imaginario heroico y en una deslumbrante operación ficcional se apropia de formas preteatrales y las convierte en crónica del relato oficial inconcluso. Sus personajes interpelan la sombra colectiva y, desde la tragedia personal y el fracaso como obsesión, Cabrujas se sirve para estremecer al ser social y la gran historia. El Estado será "gesticulación" del poder o "el Estado del disimulo", como le dijo a la revista trimestralEstado y Reforma, en 1987. El mestizaje se torna melodrama de tres odios: el del blanco, el negro y el indio, escenificado en el país del mientras tanto. En cueros queda el rasgo de la viveza criolla.
El país de sus tormentos. En su ejercicio democratizador del saber, el periodismo de opinión fue cercanía y estallido de humor en piezas en las que se adecuan la vivencia personal, el mundo de la ópera y los personajes de la realidad nacional.
Desde un tono compasivo, en la persistencia de la duda metódica y el compromiso exclusivo con la palabra.
Su teatro, por Leonardo Azparren Giménez
Es frecuente una pregunta imponderable: ¿qué diría Cabrujas ante lo que nos sucede? Si antes esperábamos su columna semanal para saber lo que diría, hoy creemos que tendría la respuesta exacta a nuestros sinsabores. Queremos ¿y necesitamos? que José Ignacio Cabrujas perdure en el tiempo, que hoy su voz sea idéntica a la que confirmaba nuestros disgustos ante el desorden establecido.
Hoy, 75 años después de su nacimiento y 17 de su ausencia, su inconformidad puede sernos útil para afrontar lo que nos abruma. Cabrujas prefería ser útil y, por ello, no le importaba que su obra desapareciera con él. Su teatro es actual en la medida en que se ofrece vivo y polivalente al venezolano de este siglo. Enseña a no estar de acuerdo y a subvertir.
En la manera como los valores y creencias de cada quien sean afectados por los rones de Cosme Paraima, la mentira soviética de Pío Miranda y la fe incrédula y atea de Anselmo Lander. Sin una comparación estrafalaria, pensemos en la manera como cada quien asume el pañuelo de Desdémona. Porque, si a ver vamos, deberíamos preferir sin la menor duda cualquier personaje de Cabrujas antes que uno de Shakespeare, aunque sea para rechazar con él la cultura que no le explicaba su vida.
En este estado sin disimulos, su teatro nos reta y compromete desde su primera etapa, renegada por él por su encasillamiento ideológico. Se arrepintió de querer demostrar que el mundo andaba mal y que era necesario corregirlo; lamentablemente no vivió este momento, cuando es de vida o muerte corregirlo sin engarces ideológicos.
Por eso lanzó al vacío a sus personajes más queridos y los despojó de sistemas de creencias, algo imposible.
El siglo XX demostró la inutilidad didáctica del teatro. José Ignacio Cabrujas tuvo razón, porque su teatro ofrece la vida desnuda tal cual él la quiso vivir y a riesgo de cada quien.
Galería de ausentes
Manuel Graterol "Graterolacho" (1935-2010):
"¿Quién nos dejó esta amargura en esta vida tan dura esa tarde que se fue, porque era un venezolano de corazón en la mano? JOSÉ.
¿Quién nos dejó en esta vida abierta esta nueva herida para morirnos despacio porque era la rebeldía con alma de poesía? IGNACIO. ¿Quién nos dejó el frío invierno en el pequeño cuaderno donde tú mismo dibujas porque era bueno y correcto y todo lo hizo perfecto? CABRUJAS. Por eso es justo que duela y el reloj de Venezuela detenga aquí sus agujas porque hay que llorar la ausencia de toda la inteligencia de José Ignacio Cabrujas".
Julio César Mármol (1937-2010):
"Nos conocimos cuando tendríamos como 16 o 17 años. El primer Lobo estepario de Herman Hesse nos lo devoramos juntos; el primer llanto por el hondo pathos de la Sexta sinfonía de Tchaikovsky fue común, como el descubrimiento de Beethoven fue un aliento retenido en la extasiada admiración. Y la "Donna é Mobile" del Rigoletto de Verdi en la voz de Jan Peerce fue el inicio de una melomanía desenfrenada e inmortal que lo llevó a él a tener la discoteca más importante del país, y a mí a viajar a Italia a estudiar canto. Mi primera esposa fue su prima hermana, mis dos primeros hijos son sus primos. Cuando en el Fermín Toro le caímos a piedras a la policía, nos encarcelaron juntos en la Seguridad Nacional. De eso queda el recuerdo de las tremendas palizas que, con mano apoyada, mucho más fuertes que lo que nuestra edad de mocetones justificaba, nos propinaron los psicópatas de la SN. Pero sobre todo recuerdo la dignidad, la valentía sin alharacas, de un hombre que sin dárselas de mucho ya sabía serlo a tan joven edad, sirviéndole de ejemplo y parámetro a muchos de los fanfarrones cagados que allí estuvieron. Recordar a José Ignacio es para mí la presencia diaria de un callado lamento, que a ratos se hace llanto, no porque pretenda galardones de dolor único y privilegiado.
Simplemente porque fue demasiada vida compartida. Fue mi hermano".
Isaac Chocrón (1930-2011):
"En la UCV hicieron una mesa redonda, a principios de los años setenta. Tendríamos ya como cinco años con el Nuevo Grupo. Nos invitaron a Román Chalbaud, a José Ignacio Cabrujas y a mí a un encuentro para discutir, pero a quien más atacaron fue a mí. Uno dijo que yo era un `burgués de mierda’ y me preguntó qué pensaba yo de eso. Yo dije que era consciente de que había sido un `burgués de mierda’ toda mi vida, porque sería falso decir que yo viví en un barrio o que tuve penurias económicas o que no fui educado fuera de Venezuela, en una época en la que nadie era educado afuera.
Entonces otro me preguntó: `¿A qué clase social pertenece usted?’ José Ignacio tomó la palabra y dijo: "Yo contesto esa pregunta. Isaac Chocrón pertenece a primera clase, porque él nunca viaja en clase turista".
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