Franz Kafka ordenó quemar todos sus manuscritos en su testamento. Decía que sus textos carecían de importancia, que no merecían una impresión. El checo, uno de los escritores más importantes del siglo XX, dudaba de lo que escribía. A la mayoría le pasa: editar hasta conseguir una perfección inalcanzable o, incluso, arrepentirse de lo ya publicado. Si pudieran, muchos desaparecerían algún texto de su propia autoría.
Hay autores venezolanos que reniegan de sus primeras obras. Que se avergüenzan de sus novatadas. Como Juan Carlos Méndez Guédez. "Un autor debe arrepentirse de todo lo que ha escrito; debe despreciarlo porque sólo así emprenderá con pureza cada nuevo libro", dijo. "Pero admito que sí hay un libro del que me arrepiento: un poemario del que nunca hablo. Un libro que apareció en un volumen colectivo y que era una suerte de repetición mal digerida de (Roberto) Juarroz y (Eugenio) Montejo. ¿Me arrepiento de haberlo publicado? Quizás. En todo caso, cierro los ojos. Como los niños. No lo veo. Nunca existió", confesó el autor de El libro de Esther.
Oscar Marcano fue más allá. Llegó al extremo de intentar eliminar una de sus creaciones. "Tengo un libro del que no me canso de abjurar. Tanto, que durante un tiempo me dediqué a recogerlo. Y todavía, cada vez que se me atraviesa alguno por ahí, lo adquiero y lo evaporo. Si me lo topo en la biblioteca de algún amigo, primero, me muero de vergüenza. Después, se lo robo. La idea es extinguirlo a toda costa. Que no quede de él ni el olvido. Se trata de Inecuaciones, un malhadado poemario que fue publicado en 1984. Entonces ignoraba más que ahora lo que es la poesía. Es tan desdichado ese librito que, en su transcripción, el linotipista o el levantador de textos, qué se yo, me 'corrigió' la palabra profecía y puso 'profesía'", dijo el güaireño, autor de Puntos de sutura.
Jacqueline Goldberg también podría prescindir de alguno. La poeta publicó su ópera prima en su adolescencia. "Por años, el libro más reciente fue el único que me importó, incluso denigraba de los anteriores. Las cosas no han cambiado mucho, ahora sólo me gustan el último, el penúltimo y el antepenúltimo. Pero si se me concedieran el don de rehacerme, no publicaría mi primer libro: Treinta soles desaparecidos, de título cursi y repleto de adolescentes pesquisas metafísicas. Tampoco El orden de las ramas, aparecido en España, por su excesiva adjetivación, su lenguaje descontrolado, su apresuramiento. Fue ese el único libro que edité a profundidad cuando Equinoccio publicó Verbos predadores. Obra reunida 2006- 1986. En todo caso, el arrepentimiento es injusto. Querer borrar un libro es borrarse uno mismo. Y no olvido que aún aquella de los libros prescindibles, era yo", dijo la dePostales negras.
Corregir lo hecho
Juan Villoro dijo que la sinceridad es la primera obligación de quienes no están seguros de su talento. Hay escritores siempre inconformes. Que desconfían de su escritura. Federico Vegas, por ejemplo. "Dudo de cuanto he escrito. Este mismo texto llegará a tus manos junto a mis vacilaciones y algunos arrepentimientos", dijo el caraqueño. Y lo dijo en serio: poco después envió una nueva versión de su respuesta a este trabajo. Alguno habrá dicho que hasta se buscó un editor.
El autor de Falke tomó una cita de Borges. "Él decía que todo texto es un borrador hasta la muerte del autor. Yo tengo ese vicio del 'borrador perpetuo'. Si ordenara mis placeres literarios de menos a más, comenzaría por 'leer en mi cama', luego 'escribir en las mañanas', 'comprar libros en la tarde' hasta llegar al deleite máximo: 'corregir a toda hora', incluso burlarme un poco de mis errores, como si fueran de otro".
Vegas ve la edición como un divertimento. "Cuando una novela comienza a tener pretensiones de estar lista, se me convierte en un videojuego. Enciendo la pantalla, abro el texto al azar y hago cambios, algunos sutiles, otros drásticos. En todos sufro, en todos gozo, y siempre habrá más. Hasta que me desespero y envío el manuscrito a la editorial. Entonces comienza la tragedia de los cambios ya imposibles y los errores multiplicados por mil".
Algo parecido le pasa a Miguel Gomes. "El rumor bíblico dice que Yavé se sintió a gusto con su creación y por eso decidió tomarse un día de descanso. La verdad es que soy un simple ser humano y me da la sensación de que nada de lo que he escrito o publicado me satisface tanto como para sacarme unas vacaciones. Si pudiera, reescribiría o corregiría todos mis libros", contó el autor de De fantasmas y destierros.
Norberto José Olivar va por el mismo camino. "Antes de 1999 había publicado unos breves textos de historia local. Hoy no publicaría nada en esa línea (...) Ahora, en cuanto a mi trabajo narrativo, me gustaría corregirlo todo para lograr una mayor concisión, frases más acabadas. Me gustaría darle unos martillazos por aquí y por allá para redondear los relatos, o quizás para deformarlos, diría también algún amable lector", dijo el marabino, que cambió historia por literatura.
Otro historiador, Rafael Arraiz Lucca, ya tiene más de 50 libros publicados. No se arrepiente de ninguno, aunque tampoco los considera imprescindibles. "Pretender borrar lo hecho es imposible. Además, luce un tanto presuntuoso. La verdad es que todos mis libros podrían desaparecer y no pasa nada. Al fin y al cabo son apuntes, intentos, ínfimos aportes. De muy pocos autores puede lamentarse la desaparición de su obra. Y lo digo en serio".
El primer hijo
Edmond Jabes dijo que una vez escrito, el libro se libera del escritor. Victoria de Stefano lo sabe. "Mi primera novela, El desolvido, fue publicada en 1971. Fue reeditada por Random-House Mondadori en 2006. Cuando me llamaron para corregir las pruebas estaba asustada por tener que volver a enfrentar algo que había escrito décadas atrás y que de no ser por eso nunca habría vuelto a leer. Pero después de las cuatro o cinco primeras páginas me olvidé que estaba leyendo algo escrito por mí. Por el contrario, sentí que leía a una escritora que no era yo, pero de la que no tenía que envanecerme ni avergonzarme", dijo la autora de la novela El lugar del escritor.
Luis Britto García tuvo una suerte de aborto antes de su primera publicación. "Entre los 17 y 19 años escribí una novela que jamás publiqué. Eso me ahorró el arrepentirme después. Una vez que publico algo no me pongo a difamarlo. Debemos recordar que Kafka suplicó en su testamento a Max Brod que quemara sus manuscritos, los juzgaba indignos. Y Conan Doyle mató a Sherlock Holmes porque quería escribir novelas serias, que los lectores unánimemente ignoraron. Como que no hay que creer en el juicio de los autores sobre su propia obra, ni para bien, ni para mal", cerró. Eso que lo haga el lector.
EU

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